La calle empedrada estaba iluminada únicamente por una única farola. Una casa pintada con colores chillones resaltaba entre el resto. Dentro, música de salsa y merengue brotaba por las ventanas. Afuera, en la calle, un Lexus se detenía enfrente y de él bajaban dos jóvenes, un hombre y una mujer. Los primeros en caer fueron Felipe y Agustina. Él, con una sonrisa confiada y dos botellas en una bolsa de nylon; ella con un top ajustado y cara pícara, como quien sabe que va a divertirse. Apenas entraron, Yolanda les dio un abrazo apretado, perfume dulce y carcajada incluida. — ¡Al fin llegan, hijueputas! — Rió la centroamericana, hundiendo a ambos entre la maraña negra de su pelo. La morocha estaba vestida muy “de entrecasa”, con un body que dejaba muy poco a la imaginación. Detrás de ella, como siempre, la barra repleta de todo el alcohol que un pendejo fiestero podría pedir. Con un movimiento rápido sacó un vaso de abajo de la barra, logrando que los rulos cubrieran esas...