Av. Independencia y La Rioja, Buenos Aires
24 de agosto, 11:15 hs.
El día de Bruno venía transcurriendo con normalidad, hasta que una historia le cambió el ánimo. Él juraba no ser celoso, y mucho menos con mujeres que no conocía personalmente; pero lo que le sucedía con Julieta Pink era algo que iba más allá de la pura calentura. Una historia de Juli con su marido le hizo revolver todo su interior, sintiendo que era él quien podría estar en ese lugar. Estaba metido en sus pensamientos cuando una voz conocida lo hizo caer de nuevo a tierra.
MENGES: ¿Díaz? ¿Bruno Díaz?
DIAZ: ¿Menges? No te veo desde la secundaria boludo, estás igual.
MENGES: Lo mismo digo. No cambiaste nada, la misma cara melancólica.
DIAZ: No siempre estoy así, es solo que... Nada, no lo entenderías.
MENGES: ¿Es un tema de minas?
DIAZ: Algo así... No es una mina que yo pueda tener, es algo más... Idílico.
MENGES: ¿Sabés algo? Yo estaba en la misma situación que vos hasta hace unos días. Ahora soy... Otra persona.
DIAZ: Es una famosa, una piba de la radio. Y además es casada.
MENGES: Conozco un grupo de personas que puede ayudarte con ese tema...
Menges sacó una tarjeta de su bolsillo y se la pasó con mucho secretismo. Luego lo miró a lo ojos, poniendo a Díaz ligeramente incómodo.
MENGES: Llamalas, deciles que te mandé yo... Y después contame cómo te fue.
DIAZ: Pero... ¿qué son?
MENGES: No sé bien... Simuladoras, supongo...
Humboldt y Corrientes, frente al estadio de Atlanta, Buenos Aires
24 de agosto, 21:15 hs
Bruno Díaz llega caminando, abrigado con un saco sport. Mira el celular: 21:15 exacto. Vuelve a mirar la tarjeta. La guarda en el bolsillo y se apoya en la reja del club, algo nervioso.
De pronto, una SUV negra se detiene frente a él. Las luces se apagan. Se baja una mujer de tapado oscuro, botas altas, cabello suelto impecable: Pampita Ardohain. Sus movimientos son precisos, calculados, y aun así hay algo hipnótico en su andar.
Bruno la reconoce al instante.
DIAZ: ¿Vos sos…?
ARDOHAIN: No digas mi nombre. Ni en voz baja.
Lo mira a los ojos, seria, con esa mezcla de elegancia y autoridad que descoloca.
ARDOHAIN: Caminá conmigo.
Sin darle opción, cruza la avenida rumbo a una zona más tranquila, cerca de una plaza oscura. Bruno la sigue, desorientado.
DIAZ: Mirá, yo… no sé muy bien cómo funciona esto. Solo me dijeron que…
ARDOHAIN: Que podíamos resolver un problema que no sabés resolver solo. ¿Es así?
Bruno asiente, tragando saliva.
DIAZ: Sí… es así.
Ella se detiene bajo la luz de un farol. Lo mira fijo, estudiándolo como si pudiera leerle la mente.
ARDOHAIN: Decime su nombre.
Bruno titubea, mira alrededor. Nadie cerca.
DIAZ: Julieta. Julieta Pink.
Ardohain no reacciona, ni sorpresa ni juicio. Solo anota algo mentalmente.
ARDOHAIN: Está casada.
DIAZ: Sí. El marido se llama Luis.
ARDOHAIN: ¿Querés que lo dejemos fuera de juego?
Bruno la mira, desconcertado.
DIAZ: No… no quiero hacerle daño a nadie. Solo… quiero que ella me vea. Que me elija.
ARDOHAIN: Que se enamore de vos.
Bruno asiente.
ARDOHAIN: ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?
Bruno duda, pero luego la mirada se le endurece.
DIAZ: Hasta donde haga falta.
Ella se acerca un paso, invade su espacio personal. Su perfume lo envuelve. Baja un poco la voz.
ARDOHAIN: Cuando terminemos, Julieta no solo te va a ver… Va a creer que vos sos la respuesta que esperó toda su vida.
Bruno siente un escalofrío.
DIAZ: ¿Cómo…?
Ardohain da media vuelta, se aleja hacia la SUV. Antes de subir, lo mira por encima del hombro:
ARDOHAIN: Aceptamos el caso, en estos días te va a llegar el presupuesto. Vas a tener que pagar exactamente el doble, por la logística y mano de obra. Hasta luego, Díaz.
La puerta se cierra. El motor ruge. El vehículo se aleja en silencio, dejando a Bruno solo, con la adrenalina latiendo fuerte.
Las risas llenan el loft de Palermo, que huele a jabón e incienso. El vapor cubre el baño, donde 4 siluetas se entrelazan. Lali gime suavemente, mientras sus tres novias la acarician. Joaqui muerde uno de sus pezones, mientras Oriana le mete suavemente los dedos. Detrás de ellas, Julieta las acaricia y manosea a las tres.
JOAQUI: ¿Amor, te está gustando?
ESPOSITO: No paren, estoy por acabar...
ORIANA: ¿Voy más rapido, amor?
Los gemidos y chapoteos de los cuerpos se ven interrumpidos por un sonido familiar. "Cité Tango", de Piazzolla, sonando en el teléfono de Lali. Juli se levanta, envolviendo su cuerpo empapado en una toalla, y se acerca al celular.
JULIETA: Amor, es Pampita.
ESPOSITO: Pasame, debe ser urgente.
Del otro lado, la voz de Carolina suena fuerte y clara.
ARDOHAIN: Mariana, tenemos trabajo...
Cinthia estaba en el galpón de su casa, con las manos cubiertas de grasa, ajustando la cadena de una moto vieja. El aire olía a aceite quemado y metal caliente, y ella mascaba un chicle con la mandíbula tensa, en silencio. Betún, su ovejero alemán, la observaba desde un rincón, echado sobre una alfombra mugrienta.
De pronto, el celular vibró sobre el banco de herramientas. Fernández lo miró de reojo, limpió los dedos en un trapo y atendió sin decir hola.
FERNANDEZ: ¿Qué pasa?
Del otro lado, Ardohain sonaba seca y urgente
ARDOHAIN: Tenemos trabajo. Una hora, en el estudio.
Fernández no preguntó nada más. Cortó, miró a Betún y le dio una palmada en el lomo.
FERNANDEZ: Parece que nos vamos, socio.
Se miró en el espejo de la moto, su cuerpo desnudo cubierto de aceite y grasa. Un pequeño raspón sobre uno de sus pechos. Esbozó una sonrisa y suspiró. Iba a necesitar una ducha antes de ir a trabajar.
La China estaba recostada en el sillón, desnuda bajo una manta de lana, con una taza de té en las manos y los ojos húmedos mirando una película romántica vieja. El sonido del piano llenaba el living mientras ella suspiraba, apoyando la cabeza contra el respaldo. A su lado, una caja de pañuelos ya medio vacía delataba que la tarde había sido intensa, y en la mesa ratona quedaban migas de medialunas.
Cuando sonó el celular, Eugenia tardó en reaccionar. Se secó las lágrimas con la manga del buzo y contestó con voz suave, casi temblorosa:
SUAREZ: ¿Sí...?
ARDOHAIN: Tenemos trabajo. Sesenta minutos. Punto de encuentro habitual
Suárez se mordió el labio, cerró los ojos un segundo para sacarse la melancolía de encima, y apagó la tele. Caminó hasta la habitación, abrió el placard y eligió un vestido negro ajustado. Antes de salir, se miró al espejo y se dijo en voz baja, como una promesa.
SUAREZ: Hoy no lloro más.
Morena estaba tirada boca abajo en la cama, con la notebook abierta frente a ella transmitiendo un partido de la liga de Uzbekistán. Tenía las piernas cruzadas en el aire y la remera levantada hasta el ombligo, dejando a la vista su tanga blanca. En una mano sostenía el celular, revisando las estadísticas del partido; en la otra, un vibrador chiquito que apenas se escuchaba por el ruido del relator, entraba y salía de su concha con la tanga a un costado.
Cuando el gol llegó, su cuerpo también lo sintió. Apretó los labios, ahogando un gemido entrecortado, mientras el delantero uzbeko celebraba levantando la camiseta.
BELTRAN: Qué animal…
Sonrió con perversión, y dejó caer la frente sobre la almohada. El celular vibró en la mesa de luz. Ardohain. Contestó sin aliento, aún con el juguete entre las piernas:
BELTRAN: Decime…
ARDOHAIN: Trabajo. Sesenta minutos. Lugar de siempre
Morena se rió apenas, apagó el vibrador, y se incorporó sacudiendo el pelo como si nada. Mientras se ponía el jean ajustado, dejó el streaming corriendo. No se iba a perder el segundo tiempo.
Guirao estaba en la cocina, rodeada de caos familiar. La cafetera humeaba, el perro pedía salir, sus dos hijos mas chicos jugaban en el living y Aitana, su hija mayor, revolvía un bowl con la cara llena de harina. Ro, con un delantal estampado que decía “La Jefa de la Tribu”, servía tazas de chocolatada mientras tarareaba un tema de Miranda.
En medio del barullo, sonó su celular. Ardohain. Ro se secó las manos en el delantal, contestó con tono cálido:
GUIRAO: Pampa, decime, ¿qué pasó ahora?
ARDOHAIN: Amiga, tenemos trabajo. Reunión en una hora. Te necesito.
Rocío giró la mirada hacia Aitana, que chupaba la cuchara con picardía, y sonrió con ternura.
GUIRAO: Amor, te quedás a cargo. Nada de incendiar la casa, ¿eh?
Mientras salía al pasillo, se acomodó la campera de cuero y agarró las llaves. De madre de todos a Simuladora, en un movimiento.
Majo estaba en su cocina, apenas cubierta por un delantal blanco que dejaba ver sus curvas marcadas. Preparaba un guiso de lentejas que humeaba llenando de olor a hogar el ambiente, mientras en la radio sonaba un tango antiguo. Levantó con una cuchara de madera un poquito del guiso para probarlo, y rió pícaramente cuando una gotita cayó en su escote.
Se sentó en una silla y tomó el vibrador que tenía sobre la mesa, prendido para usarlo entre receta y receta. Lo metió dentro suyo, pegándolo a la base de la silla, y empezó a rebotar sobre él rítmicamente.
Cuando sonó el teléfono, el nombre “Pampa” iluminó la pantalla. Respondió sin bajarse del juguete, con la voz entrecortada:
MARTINO: Decime, amor…
ARDOHAIN: Trabajo delicado. Una hora, te quiero lista... ¿Te estás masturbando?
MARTINO: Perfecto… justo estaba… calentando motores.
Se levantó, dejando el juguete empapado en la silla y apagando el fuego de la cocina. Ambas cosas la esperarían cuando volviera, lista para disfrutar.
Martu estaba tirada en el sillón, desnuda salvo por unas medias hasta la rodilla. El cuarto olía a sexo fresco: acababa de terminar con un chico que ahora yacía exhausto en el piso, el condón colgando flojo de su pija dormida. Pero ella no había tenido suficiente. Con las piernas abiertas y el celular en la mano, se metía dos dedos en la concha empapada mientras miraba porno extremo.
MORALES: Mmm… más duro, la concha de tu madre…
Gemía para sí misma, mientras el muchacho apenas podía respirar. El sonido de sus dedos entrando y saliendo era tan húmedo que parecía música prohibida.
Cuando sonó el teléfono y vio “Pampa” en la pantalla, no frenó. Contestó gimiendo:
MORALES: Caro, estoy… ocupada. ¿Es urgente?
ARDOHAIN: No llamaría si no lo fuera. Una hora, donde siempre.
Martu sonrió, murmurando.
MORALES: Llego a acabar... Nos vemos allá.
Estudios abandonados Canal 2, Buenos Aires
25 de agosto, 23:30 hs
El estudio luce tranquilo pese al movimiento de gente. Las chicas, iluminadas por lámparas de banquero, parecen parte de la escenografía vieja del estudio. La puerta se cierra de golpe detrás de la última en entrar: Morales, bufanda larga y mirada curiosa. Sus pasos resuenan en el silencio mientras se acerca al grupo.
Ardohain está en la cabecera. Postura erguida, manos apoyadas sobre un dossier grueso. El brillo en sus ojos indica que ya diseñó medio operativo antes de que las demás llegaran. A su derecha, Guirao la sigue con la mirada, firme, con esa calma que solo ella tiene para ejecutar. La toma de la cintura y le susurra algo al oído.
GUIRAO: ¿Estás comiendo bien?
ARDOHAIN: Estoy bien, Ro. No hace falta que me preguntes lo mismo en cada operativo.
GUIRAO: Pero... Te noto un poco depre...
ARDOHAIN: Otra vez esa palabra Rocío. Estoy bien, creeme.
Espósito está recostada contra el respaldo de su silla, piernas cruzadas, masticando chicle como si todo le resultara divertido. A su lado, Martu deja la bufanda sobre la mesa y se sienta despacio, clavando los ojos en el escote de la cantante con descaro. More Beltrán, enfrente, ajusta el volumen del celular y anota en su tablet, pero cada tanto levanta la vista hacia Martu sonriendo pícaramente.
Martino, siempre impecable, deja el abrigo sobre el respaldo y apoya las manos sobre la mesa, uñas pintadas de rojo oscuro, mirada serena pero curiosa. Fernández está a un costado, revisando un estuche negro lleno de dispositivos electrónicos. A su izquierda, Suárez hojea un informe, mordiendo suavemente la punta de una birome.
ARDOHAIN: Tenemos un nuevo cliente. Caso sentimental, riesgo alto.
ESPOSITO: Me gusta cuando decís riesgo como si fuera una palabra sucia. ¿Quién es la afortunada?
ARDOHAIN: Julieta Pink.
Un murmullo suave recorre la mesa. Martu alza las cejas, divertida. Rocío frunce apenas los labios.
GUIRAO: ¿La de la radio?
SUAREZ: La misma. Casada. Dos hijos. El cliente es un contable, 26 años, Bruno Díaz. Quiere todo, el plan romántico completo. Y está dispuesto a llegar hasta el final.
MARTINO: Siempre me sorprende cómo alguien común se mete en algo tan… extraordinario.
FERNANDEZ: No hay nada extraordinario. Solo ingeniería emocional bien aplicada.
ESPOSITO: ¿Y cuál es el juego? Porque si me van a poner a mí a calentar al marido… que avisen.
Martu suelta una carcajada breve, se inclina sobre la mesa y le da un toquecito en la mano a Lali.
MORALES: Yo te hago la segunda, si querés.
BELTRAN: Siempre tan generosa vos, Martina.
Silencio tenso. Lali sonríe, se lame el labio inferior y gira apenas la cabeza hacia More, como midiendo el comentario. Martu la mira fijo, sonrisa intacta, disfrutando el roce. Pampita observa todo sin intervenir, anotando cada gesto en su radar mental.
ARDOHAIN: Esto es una pieza de relojería. Queremos que Julieta lo deje sin que él la deje primero. Pero Luis tiene que creer que encontró algo mejor.
MARTINO: Un clásico triángulo invertido. Lo nuestro.
GUIRAO: Y al mismo tiempo, Julieta tiene que enamorarse de Bruno. Para eso necesitamos proximidad, tensión… y distracciones calculadas.
SUAREZ: Ya estoy investigando a Luis. No va a ser difícil que baje la guardia si le damos la carnada adecuada.
FERNANDEZ: Tengo perfiles falsos listos. Y un par de islas de datos donde podemos manipular su feed para predisponerlo… pero si queremos hacerlo fino, alguien tiene que ser la carnada real.
ESPOSITO: ¿Me están mirando a mí?
MORALES: ¿Te molesta? Si querés, lo hacemos juntas.
BELTRAN: ¿Siempre tenés que estar tan… disponible?
MORALES: ¿Te molesta, More? Porque si querés, después lo charlamos… a solas.
Un murmullo nervioso recorre la mesa. Lali se ríe en voz baja, pero no quita los ojos de Martu. Majo observa con una sonrisa apenas marcada, disfrutando la escena. Ro niega apenas con la cabeza, como si todo esto fuera parte del show, y Pampita deja que se tensen las cuerdas antes de cortar.
Se levanta despacio. Sus tacos suenan sobre el piso viejo. Rodea la mesa con pasos calculados, el perfume suave llenando el aire. Se detiene detrás de Guirao y le apoya una mano en el hombro, inclinándose para decirle algo al oído. Ro sonríe con los labios cerrados, un gesto tan breve que parece un reflejo. Pero Martu lo ve. Y Lali también.
El aire se espesa un poco más. Carolina corta la tensión con un pedido claro y conciso a Cinthia.
ARDOHAIN: Cinthia, el pedido es simple. Un estudio radial con cámaras, que sea creible. Tres o cuatro chicas que sean conocidas en los medios digitales, para darle verisimilitud al operativo. Podemos sacar de nuestras listas de clientas anteriores.
FERNANDEZ: Tengo... Pero voy a necesitar ayuda con otras más.
MARTINO: Personalidades diferentes, que parezca natural.
ARDOHAIN: Llamalas, convencelas del operativo. Por el otro lado tenemos que encargarnos de Luis. Una personalidad irresistible que se aproveche de su soledad. En 15 días tiene que caer.
ESPOSITO: Me encargo yo. Tengo un par de personalidades en la carpeta que van a ser ideales.
ARDOHAIN: No, vos no. A vos te necesito en otro momento. Eugenia, te encargas vos.
SUAREZ: ¿Yo? ¿En caracterización?
ARDOHAIN: Sos la voz del romance cursi en el equipo. Te quiero ahí.
SUAREZ: Entiendo...
ARDOHAIN: Tenemos 72 horas para el primer golpe. Y cuando Julieta se dé cuenta… ya va a ser tarde.
Hace una pausa. Sus ojos recorren la mesa. Se detienen un segundo en Lali, luego en Martu, y por último en More. Después, en Cinthia, que la sostiene con esa seriedad que la hace única.
ARDOHAIN: Quiero un plan limpio. Sin huellas. Sin emociones que no podamos controlar. ¿Está claro?
Todas se miraron entre si, nerviosas. Sabían a lo que se refería, pero el aura de maestra mala de Pampita les dió miedo.
Oficinas de Copérnico Stream, La Plata.
28 de agosto, 9:45 hs
Julieta estacionó el auto frente al edificio, reciclado de una vieja radio partidaria de Gimnasia y Esgrima. La fachada era impecable: vidrio espejado, carteles con tipografía minimalista y un logo estilizado que decía Copérnico Stream. Por un momento dudó. Todo parecía demasiado moderno, demasiado real para ser un emprendimiento tan nuevo.
Empujó la puerta de vidrio y la recibió un hall iluminado, con una recepcionista sonriente que la hizo firmar un registro. En la pared lateral, una pantalla gigante transmitía un loop de supuestos programas piloto y entrevistas a figuras inventadas que Cinthia había diseñado con precisión quirúrgica.
MARTINO: Bienvenida, Julieta. Te están esperando en la oficina central
La Simuladora, fingiendo ser una secretaria, sonreía con confianza guiándola por un pasillo lleno de salas de edición, cabinas acústicas y técnicos moviéndose como si estuvieran en plena producción. Todo un ecosistema falso, pero creíble.
Al final del pasillo, una puerta de vidrio opaco se deslizó y ahí estaba él. Bruno Díaz, traje informal, mangas arremangadas, un cuaderno lleno de anotaciones. Se levantó enseguida al verla entrar.
DIAZ: Julieta Pink... No sabés lo que significa para nosotros que hayas aceptado.
Ella lo observó un instante. Había algo en su mirada, una mezcla de respeto y admiración genuina, que la descolocó.
JULIETA: La propuesta me sorprendió. Una oferta nueva, con inversión fuerte, ideas frescas… No aparece todos los días.
Bruno asintió, mostrándole los planos de programación que el equipo de las Simuladoras había elaborado.
DIAZ: Copérnico no quiere ser otro canal de streaming más. Queremos repensar la forma en que la gente escucha radio. Y vos… sos clave para eso.
Julieta hojeó los papeles con interés. Había grillas llenas de espacios creativos, nombres de proyectos atractivos, todo perfectamente diseñado para hablarle a su deseo de innovación.
JULIETA: Esto es justo lo que siempre quise hacer
Bruno la miró con intensidad, pero sin pasarse de la línea. Era parte del plan ensayado por horas con Suárez: seducir con la complicidad profesional primero, dejar que el respeto mutuo fuese el cimiento, el resto venía despues.
Oficinas de Copérnico Stream, La Plata.
29 de agosto, 7:30 hs
Julieta empujó la puerta de vidrio de Copérnico con una mezcla de ansiedad y entusiasmo. El eco del lugar aún tenía ese aroma a cables nuevos, a pintura reciente, a la promesa de algo grande a punto de arrancar. Sabía que Díaz la estaba esperando, pero lo que no esperaba era encontrarse de golpe con el grupo que sería parte de su nueva rutina.
En la sala principal, sentadas alrededor de una mesa repleta de notebooks, cafés y auriculares, estaban Jazmín Badía, Lia Copello, La Colo Mollesi y Sofi Martínez. Cada una irradiaba un estilo distinto, como si el casting hubiera sido pensado para que el choque de personalidades funcionara de manera perfecta.
Jazmín, con auriculares enormes colgando en el cuello, hojeaba la grilla de producción con gesto meticuloso. Sus uñas rojas tamborileaban el borde de la mesa al ritmo de su propia ansiedad organizada. Les debía un favor a las Simuladoras desde que la ayudaron a cumplir una fantasía demasiado íntima como para contarla en este relato.
Lia, desparramada en la silla, garabateaba caricaturas de las demás en una libreta, riéndose sola mientras dibujaba. Su desparpajo contrastaba con la estructuración casi obsesiva de Jazmín. Lali fue quien hizo el contacto, bajo la promesa de conseguirle un trío con ella y Pedro como simulacro a futuro.
Lucila, la Colo, con un mate en la mano y mirada chispeante, fue la primera en levantar la vista hacia Julieta. El gesto de bienvenida fue tan natural, tan cargado de picardía, que la tensión en el aire se alivió en un segundo. Las Simuladoras llegaron a su vida cuando una amiga le pasó el contacto, para cumplir su fantasía de un trío con dos negros.
Sofi, impecable en jeans ajustados y remera clara, estaba de pie frente a Díaz proponiéndole ideas de secciones deportivas. Al girar y ver a Julieta, su sonrisa iluminó la sala, como si acabara de entrar una amiga de toda la vida. La periodista nunca fue clienta de las Simuladoras, solo le entusiasmó la idea de simular junto con More, su mejor amiga.
Julieta sintió que el lugar cobraba vida en un instante. Había energía, había química, había una electricidad latente que Díaz, sentado al fondo, observaba con una media sonrisa cómplice.
JULIETA: Así que... ¿Con ustedes voy a trabajar?
Las cuatro chicas la miraron casi al mismo tiempo, y hubo una complicidad inmediata, un reconocimiento silencioso: ese grupo iba a dar mucho más que un simple programa de streaming.
Díaz se levantó de su silla con la calma de quien se sabe dueño de la situación. Caminó hasta el centro de la sala, acomodándose los lentes mientras todos lo seguían con la mirada. El murmullo de las chicas se fue apagando hasta que solo quedó el zumbido leve del aire acondicionado.
DIAZ: Bueno, ya que estamos todos, quiero darles la bienvenida oficial a Copérnico. Esto no es solo una radio ni un simple streaming: es un experimento, un espacio para probar, para romper, para divertirnos y, sobre todo, para conectar con la gente.
Las chicas asintieron, algunas con sonrisas, otras tomando nota mental. Julieta lo miraba de manera distinta. Encontraba en Bruno una mezcla peligrosa: la seguridad de un líder y la calidez de alguien que cree en los proyectos que arma.
DIAZ: Ustedes ya se conocen, ¿no? Jazmín, producción, el cerebro de esto; Lia, la voz del humor y la espontaneidad; La Colo, la chispa joven; y Sofi, para abarcar el mundo del deporte.
Cada una saludó con gestos y comentarios breves, pero Julieta apenas los registró. Su atención volvía, como un imán, hacia Bruno. Él lo notaba. Cada vez que decía algo y ella asentía, se generaba una vibración leve entre ambos, como si compartieran un código secreto en medio de los demás.
Bruno entonces hizo una pausa y la miró directamente:
DIAZ: Y, por supuesto, Julieta. Ella va a ser la encargada de darle forma a todo esto. La gerente de contenidos. La que va a ordenar las ideas, discutirlas conmigo y asegurarse de que lo que salga de acá sea algo único.
Un silencio breve, cargado, llenó el espacio. El tono con el que lo había dicho sonaba menos a presentación laboral y más a confesión íntima. Julieta bajó la vista apenas, disimulando una sonrisa, pero el rubor le traicionó las mejillas.
Las demás intercambiaron miradas cómplices; no hacía falta ser Simuladora para notar que ahí había algo.
DIAZ: Mañana empezamos las pruebas al aire. Quiero que se sientan libres, que se diviertan, que sepan que este lugar es de ustedes.
Cuando terminó, el grupo estalló en comentarios y risas, pero Julieta permaneció quieta, observando cómo él se acercaba con calma, inclinándose apenas hacia ella para decirle en voz baja, solo para sus oídos:
DIAZ: Me alegra mucho tenerte acá, de nuevo.
Julieta sintió un cosquilleo en la panza. No era solo trabajo lo que estaba en juego: era la reaparición de algo que nunca había terminado del todo.
Casa de Julieta, Villa Crespo, Buenos Aires
29 de agosto, 11:40 hs
El timbre sonó a media mañana. Luis estaba sentado en la mesa de la cocina, rodeado de tazas sin lavar y un silencio que le pesaba demasiado. Se levantó casi por inercia, y al abrir la puerta la vio: una mujer joven, cargando una caja de cartón que parecía a punto de desbordarse con libros y vajilla envuelta en papel de diario.
SUAREZ: Hola, disculpá… ¿me das una mano?
Luis apenas atinó a asentir, agarró la caja y la siguió hasta el departamento de al lado. En el palier olía a pintura fresca y a un perfume leve, floral, que parecía venir de su pelo.
Adentro, el lugar estaba casi vacío, salvo por un par de muebles cubiertos con sábanas. Ella dejó la cartera en el suelo y extendió la mano:
SUAREZ: Me llamo Clara, Clara Sarazola. Soy tu nueva vecina.
Luis le devolvió el gesto, sintiendo la piel suave, cálida, y una chispa recorrió su mano.
LUIS: Soy Luis. Bienvenida al edificio.
Ella rió, mirándolo con un dejo de picardía.
SUAREZ: Gracias. Aunque parece que llegué a un barrio donde todos están demasiado ocupados para dar la bienvenida… menos vos.
Ese comentario, ligero pero certero, le tocó un punto sensible. Luis bajó la mirada, como si hubiera sido descubierto. Eugenia lo notó y suavizó el tono:
SUAREZ: Perdón, fue un chiste. Pero si algún día te sobra tiempo, me vendría bien ayuda para armar unas repisas.
Cuando volvió a su departamento, Luis se sorprendió de encontrarse sonriendo solo, como hacía mucho no le pasaba. Al día siguiente, casi sin buscarlo, se cruzó con Clara en el pasillo: ella llevaba una bolsa con verduras frescas y lo invitó a probar una ensalada que decía ser su especialidad.
Esa noche, mientras cenaban juntos en el living apenas amoblado, Luis se sorprendió a sí mismo contándole cosas que nunca compartía con nadie: su rutina, su sensación de estar un poco de más en su propia casa, el silencio que pesaba cada vez que Julieta volvía agotada del trabajo, incluso su decayente vida sexual.
Clara lo escuchaba con atención genuina, inclinándose hacia él, riendo en los momentos justos, tocándole la mano como al pasar. La calidez estaba ahí, instalada en el aire. Y Luis, que hacía tiempo no se sentía mirado de esa manera, supo que algo estaba empezando a cambiar.
Oficinas de Copérnico Stream, La Plata.
29 de agosto, 23:45 hs
El reloj marcaba casi la medianoche. El resto del equipo estaba ocupado en otros menesteres, y el estudio de Copérnico quedaba reducido a luces bajas, monitores encendidos y el aire cargado con olor a café recalentado. Julieta repasaba unos papeles en el estudio, cuando Bruno entró con dos vasos de plástico en la mano.
DIAZ: Última ronda de café. Si mañana no nos despertamos, ya sabes que es tu culpa.
Ella sonrió cansada, aceptando el vaso. Sus dedos rozaron los de él, apenas un instante, pero suficiente para que el pulso de Bruno se acelerara. Se sentó frente a ella, sin la distancia habitual: solo la mesa entre ambos.
JULIETA: ¿Te das cuenta?. En una semana armamos lo que otros tardan meses. No sé si estamos locos o si realmente somos buenos juntos.
Bruno clavó los ojos en ella, sosteniendo ese “juntos” como si tuviera otro peso.
DIAZ: Yo creo que somos… peligrosos. Vos y yo. Porque cuando trabajamos así de cerca, parece que todo lo demás se apaga.
Julieta dejó escapar una risa breve, pero no desvió la mirada. Él tampoco. El silencio se volvió denso, cargado.
De repente, Bruno se inclinó hacia adelante para mostrarle una nota en la pantalla, pero su hombro rozó el de ella, y la cercanía fue casi insoportable. Podía sentir su respiración, el calor de su piel. Julieta contuvo el impulso de apartarse… y también el de acercarse más.
JULIETA: Si seguimos así... no sé cómo vamos a terminar.
Bruno apretó los labios, como si luchara contra la misma tentación. Sus rostros quedaron a pocos centímetros, la tensión cortaba el aire, y por un instante el estudio entero pareció sostener la respiración con ellos. Pero él se levantó de golpe, rompiendo el hechizo.
DIAZ: Voy a buscar mas agua... Te dejo un minuto sola.
Julieta quedó inmóvil, el corazón desbocado, sabiendo que le pasaba algo, aunque aún no se animaba a decirlo.
Afuera del estudio, el resto del equipo también disfrutaba la intimidad del estudio vacío. Jazmín, en un pasillo lateral, rebotaba sobre la silla de Ramírez. El bartender, ahora transformado en operador técnico de la nueva radio, gozaba de la concha estrecha de la productora mientras la nalgueaba. Los gemidos delicados y suaves de Jaz retumbaban por el pasillo.
Dentro de una oficina, Lía se había quedado sola con Menges, y él la tenía doblada sobre la mesa llena de papeles. Le arrancó la remera y le lamió las tetas con desesperación, dejando marcas de saliva. Ella se retorcía, riéndose con nervios, hasta que él le abrió las piernas de golpe y la tomó desde atrás. El papel bajo ellos se arrugaba y manchaba con cada sacudida, mientras Lía gritaba sin pudor, mordiéndo un marcador para no llamar la atención con sus gemidos. El cuerpo de Menges sudaba sobre su espalda, y ella, con la voz entrecortada, lo invitaba a seguir más fuerte.
En la cabina técnica, La Colo había quedado con Lali y Martu, que no perdieron tiempo. La empujaron sobre la mesa de controles y se le subieron encima, besándola con lengua, un par de manos apretándole el pecho y otro par bajándole el pantalón. Lucila abrió las piernas sin resistencia, y Lali se acomodó entre ellas, lamiéndole la concha con movimientos firmes, sueltos, expertos, mientras Martu la besaba con mucha lengua y mordidas suaves. La Colo gemía fuerte, agarrada del borde de la consola, mientras las luces rojas de grabación titilaban como si registraran cada sonido. Martu bajó a explorar el culo de la pelirroja, recorriendolo con su lengua. Cuando Lali le hundió dos dedos y chupó su clítoris al mismo tiempo, la Colo se quebró en un gemido agudo, acabando ruidosamente.
En recepción, Sofi y More se besaban con dulzura, aunque apasionadamente. More la tomó de la cara, besándola lengua contra lengua, y Sofi se dejó llevar, cayendo sobre el sillón. Beltrán le subió la pollera y se bajó el pantalón en un solo movimiento rápido, frotando su concha contra la de ella. Sofi levantó la cabeza, sorprendida por la intensidad, pero pronto se entregó al ritmo frenético. Sus piernas abiertas envolvían las caderas de More, y el sonido pegajoso de sus cuerpos se mezclaba con el gemido de ambas. Así se mantuvieron un buen rato, evitando acabar, gozando de sus cuerpos.
El vidrio de la pecera aislaba los gemidos y el desorden del resto de la radio, pero el aire estaba impregnado de mucho deseo igual. Julieta miraba a Bruno con una mezcla de nervios y deseo contenido; él sostenía su mano como si temiera soltarla y perderla. Las luces tenues de la cabina hacían brillar su pelo, y en ese instante no había nada alrededor, solo ellos.
Bruno se inclinó despacio, rozando con timidez la comisura de sus labios. Julieta cerró los ojos y fue ella la que lo buscó de lleno, besándolo con una dulzura que se volvió hambre a los segundos. El beso fue largo, húmedo, con las lenguas encontrándose torpes primero, desesperadas después. Julieta lo tomó del cuello y lo atrajo hacia ella, hasta sentir el calor de su pecho contra el suyo.
Él le acarició la cintura por debajo de la remera, recorriendo su piel suave, y Julieta tembló. Se dejó guiar hasta sentarse en sus piernas, de frente, moviéndose apenas sobre la dureza que la recibía. El beso no se rompía, como si el aire no hiciera falta. Julieta bajó la mano y lo tocó por encima del pantalón, y Bruno dejó escapar un gemido contra su boca.
Con delicadeza, él le subió la remera hasta dejar sus pechos al descubierto, besándolos con ternura, con calma. Julieta arqueó la espalda, aferrándose a sus hombros, mientras él la acariciaba lento, como si cada segundo fuera un regalo. Cuando finalmente le bajó el pantalón y la penetró, lo hizo despacio, mirándola a los ojos, como asegurándose de que ella lo quisiera igual. Y ella lo quería: lo recibía con las piernas enredadas en su cintura, besándolo entre gemidos dulces, cortos.
Los movimientos fueron suaves, casi bailados. Nada de violencia, nada de apuro: solo la ternura de dos cuerpos que se descubrían y se reconocían al mismo tiempo. El orgasmo llegó con un beso más profundo que todos los anteriores, un abrazo apretado y un suspiro compartido. No había gritos, ni golpes, ni transpiración frenética: había lágrimas en los ojos de Julieta, y una sonrisa en los de Bruno.
La madrugada envolvía la radio Copérnico en un silencio casi absoluto. El cartel luminoso del frente titilaba intermitente, como un latido cansado después de una noche intensa. Julieta salió por la puerta lateral, todavía con el cabello revuelto y la piel encendida de lo que acababa de compartir con Bruno en la cabina vacía. Una mezcla de vértigo, ternura y deseo seguía vibrando en su cuerpo.
Sacó del bolso un cigarrillo, temblándole un poco la mano, pero al buscar el encendedor descubrió que lo había olvidado. Entonces escuchó la voz.
ARDOHAIN: ¿Tenés fuego?
Julieta levantó la vista. Contra la penumbra de la calle, una mujer de abrigo largo, impecable, la observaba con una calma intrigante. Sus ojos oscuros parecían atravesarla, como si supiera cada detalle de lo que había ocurrido puertas adentro, pero no la juzgaba.
JULIETA: Justo me falta…
Pampita se acercó despacio, encendió un encendedor plateado y lo sostuvo frente al cigarrillo.
ARDOHAIN: Siempre hay que tener fuego a mano...
Julieta la miró alejarse, sin entender del todo quién era ni por qué sentía que ese breve encuentro tenía más peso que una simple casualidad. Guardó el cigarrillo entre los labios, exhaló el humo hacia la noche y, con el corazón latiéndole fuerte, comprendió que algo se había puesto en marcha.
Casa de Julieta, Villa Crespo, Buenos Aires
30 de agosto, 04:40 hs
Julieta llegó a su casa pensando cómo explicarle a Luis la demora, cómo plantearle el divorcio tras tantos años juntos. Sin embargo, se encontró con el departamento vacío, y una nota escrita apresuradamente colocada sobre la mesa:
"Julieta,
No sé cómo poner en palabras lo que siento, pero necesito serte honesto. En estos días algo cambió en mí. Conocí a alguien que me hizo sentir que todavía hay un fuego dentro mío, y que no todo está perdido. No me lo esperaba, ni lo busqué, pero ahora no puedo ignorarlo.
Me voy a Marruecos. No sé qué me espera allá, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de seguir esta sensación. Ojalá algún día me entiendas. No es un abandono, es una búsqueda. No por falta de cariño hacia vos, sino porque aprendí que si uno no persigue lo que le enciende el alma, se apaga para siempre.
Con cariño,
Luis."
Juli sonrió, no se sintió abandonada ni dolida, sino todo lo contrario. Sintió alivio de que Luis también hubiera encontrado un amor genuino. Lo primero que hizo, lógicamente, fue llamar a Bruno para contárselo.
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